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Pieces of us La estrecha callejuelo, como siempre a esta hora de la tarde, se encontraba atestada. Niños desclazos y mugrientes se perseguían saltando entre charcos, o eran perseguidos por los vendedores de fruta que tenían su puesto al aire libre. Multitud de campanillas repicaban cada vez que se abría o cerraba una puerta, mientras que el eempañalagoso aroma del interior de la pequeña confitería intentaba, sin mucho éxito, rivalizar con el hedor de las cuadras de la posada desde cuyo interior se escuchaban cánticos etílicos y tanta sconversaciones que era imposible distinguir una de otra, excepto por los gritos pidiendo al posadero mas cómida o, en la mayoría de los casos, más bebida. Y en esta misma calle, tras una pequeña ventana con los cuarterones semiabiertos para lucha contra el calor pero permitiendo que la luz ilumine la estancia, se escucha el silbido del artesano al fondo de su pequeño taller, realmente limpio si lo comparamos con el retso de los locales de esta misma calle. El hombre trabaja sentado en su mesa, finalizando su ultimo trabajo. Con un apequeña lima para madera iba perfilando las intrincadas formas de las pequeñas piezas. Era, como siempre, un trabajo meticuloso, cuidado, laborioso. Cuando finalmente acabo la última de las piezas, la sguardó en una caja de madera plana que el mismo había fabricado. Se trataba de una caja rectangular, con dos pequeñas bisagras metálicas y un pestillo de obsidiana también de pequeño tamaño. Un gran trabajo, sin duda, puede que el trabajo del que más orgulloso se sentía, en parte precisamente porque nunca lo consideró un trabajo. Pero sabía que pratcicamente nadie llegaría a apreciarlo nunca. ¿Cómo podría nadie apreciar la belleza de un puzzle cuando esta estriba precisamente en las pocas piezas que no encajan con el resto?
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