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Catching DreamsEl trovador errante camina despacio, bajo una Luna excesivamente luminosa para sus planes, y prácticamente resignado a no poder cumplirlos y tener que esperar otro ciclo antes de volver a intentarlo. No era un triste acontecimiento, debido a las circunstancias, aunque sería mentira asegurar que no le fastidiaba. Sin embargo, por un providencial mensajero, supo que sí sería posible, y la noche brilló con más intensidad. Cuando se paró a pensarlo se dio cuenta de lo extraño que había sido el , pero finalmente estaba allí. Ahora, relajado, observaba con atención el cielo estrellado. Era la noche en la que por el firmamento surcaba la esencia misma de los sueños, capaz de hacerlos realidad. Varias veces lo vio pasar. Él, sin prisa, esperando el momento de actuar simplemente disfrutaba del espectáculo, de la compañía, de la magia del momento. Finalmente la vio; esa luz brillaba en el cielo. No era la más grande, ni la más pequeña, ni la mas ni menos brillante, ni las más rápida tampoco. En realidad no tenía nada de especial, simplemente era la apropiada. En ella imprimió cual si fuera un grabado el deseo que anhegaba su alma. Tan solo uno. Pedir más haría que alguno quedara sin hacerse realidad, y para él, con ese sería suficiente. Cerró los ojos, completó el ritual y formuló su deseo. ¿Se haría realidad? Obviamente deseaba que sí. Pero solo ella podría decírselo, si alguna vez lo comprendía.
La brújulaLevantó la tapa. Esperaba, como siempre, ver girar la aguja hacia ninguna dirección en particular. Y su esperanza no se frustró en esta ocasión. 360º, 21600’ de dudas y de indecisión. Llevaba así tanto tiempo... ya no podía recordar... En realidad, llevaba así desde antes de conseguir la brújula (es una historia que quizás merezca la pena contar en otro momento, pero no ahora). Cuando por fin la encontró creía que su vida estaría solucionada, pero no fue así. La maldita brújula jamás había señalado a ningún punto en concreto, un poco en una dirección, un poco en otra, y hacia ningún lugar al final. Cerró la brújula, se sentó en el coche, su muñeca hizo el giro mecánico al que estaba acostumbrado, un gesto con la melancolía de un buque varado o del barco con un capitán sin rumbo. Después vino la noche, aquella noche fría... Volvió a ese lugar, alto, desde donde divisaba toda la ciudad, con las amarillentas luces iluminando, aunque poco a poco las iban cambiando por esas horribles luces, frías de puro blanco, de bajo consumo. Se tumbó sobre el estrecho arco mientras en sus oídos sonaban los nostálgicos acordes de una triste canción de aquella actriz de Titanic en formato mp3. La luna, probablemente menguante, o quizás creciente, oculta tras las nubes. Como tantas otras veces en el pasado se dejó llevar (¿Cuánto tiempo hacía desde la última vez?). Aquellos años en los que era capaz de mover las nubes a su antojo y se cobijaba tras una larga capa negra, ¿Por qué había vuelto aquí? Su mente seguía divagando, desvariando, desintegrando, entre sonrisas melancólicas, agradables recuerdos... Abrió los ojos. El cielo estaba despejado, la luna, nueva, no ocultaba ninguna de las estrellas (aunque de eso se encargaba la contaminación lumínica, aunque en este lugar no era demasiada). El reproductor de mp3 se mantuvo en silencio cuando intento ponerlo en marcha y se dio cuenta de que se había quedado sin pilas. Asustado, se dio cuenta de que se había quedado dormido, asustado porque el mas mínimo giro le habría hecho caer cinco metros y ya estaba mayor para esos golpes. De pronto tuvo una certeza. Abrió la brújula y vio que señalaba en una única dirección. Una sonrisa amarga cruzó su rostro. Pensando sobre esta revelación caminó con cuidado, los habituales, pero mucho menos ágiles que antaño, saltos le llevaron al suelo y bajó las mas de doscientas escaleras que le separaban del coche. Pensando que se achica el mundo más se encaminó con el relajante sonido suave del motor del coche en sus oídos hacía el hotel. ¿Qué hay mas amargo? ¿No conocer el rumbo o no desearlo? Stat rosa pristina nomine, nomine nuda tenemus.
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