Almostel 的个人资料El Santuario日志列表留言簿 工具 帮助

日志


BSO

El encuadre era perfecto.

Él camina abrigado bajo la lluvia, lentamente, acompañando por y acompañado por ella. Su conversación, temas intrascendentes. Su destino, ninguno, excepto el que desearan sus pies. La expresividad de ella contrasta con la tranquila serenidad de él. El, ligeramente más alto. Algunos viandantes se cruzan con ellos, sin mirarles. Pasan desapercibidos en la normalidad que suponen.

El decorado el habitual. Calles antiguas, humedas por la lluvia que cae sin prisa en ese momento. La luz, escasa por la hora y la estación del año. Si se les observara parecería que, ajenos al mundo, vagan por la ciudad sin más compañía que la que ellos mismos se dan.

Poco a poco la inevitable música entra en escena. Él sonríe, como si esperara algo, mientras la música va subiendo de volumen. Se paran. Se apoyan en una columna bajo unos soportales que les protegen, innecesariamente, de la lluvia, que cae con pereza. Se mantienen en silencio mientras la música ocupa la atención del espectador.

La camara les coge en varias tomas. Recoge también alguna imagen de aquellos que se cruzan con ellos, de sus expresiones de absoluta y total indiferencia, como si no comprendieran, o como si comprendieran demasiado, o quizás todo lo contrario.

Cruzan alguna palabra más, una sonrisa complice, y una mirada que comunica más de lo que podrían decir

Sin duda, una escena digna de los premios de la academia (o de alguno que realmente mereciera la pena)

Pero nunca recibirá ningún premio. El guíon no existe. El decorado es real. Los efectos especiales son naturales. No es ninguna pelicula.

Cuando se van de allí, él busca un rostro con la mirada. Le ve, y temiendo desconcentrarle le hace un leve gesto de reconocimiento y agradecimiento.

Cuando él y ella se han ido, el músico sigue tocando

 

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

2+2=5

El marino observaba con resignación el implacable oceano. Sus ojos, despiertos, denotaban su tranquilo abatimiento. El viento seguía en calma; tan solo una suave brisa ondulaba ligeramente la límpida superficie cristalina. Nada que ver con aquellos grandes vendavales, tormentas que erguían el alma y que estaba acostumbrado a seguir. Esas tormentas, de fuerza devastadora, las que obligaban a luchar para no sucumbir bajo su fuerza, siempre habían impulsado su pequeño barco.

Sin poder evitarlo, alguna vez recordaba el último huracán, el que le trajo a este puerto entre lágrimas de frustación y de felicidad. Ese recuerdo, esa tomenta perviviría por siempre en su alma, mas no la añoraba. Así debía ser.

Sin embargo, llevaba mucho tiempo anclado en ese cabo, oteando el horizonte.

Al principio no era moelsto, le gustaba este lugar, este puerto, y no precisaba mas que aquello que descubría desde su acantilado. Sin embargo con el tiempo y la inmovilidad Wanderlust volvió. Mientras dormía susurraba pañabras en la distancia; paraisos desiertos, lugares ensoñados, magia... Wanderlust, sin estar nunca con él, acosaba sus sueños, le mostraba como conjurar los vientos, le instaba a saltar del acantilado y nadar buscando esas playas, le conminaba viajar, le enseñaba no estaban tan lejos. Y él, aunque no lo deseaba, escuchaba su voz. A veces deseaba dejarse llevar por esas falsas promesas, pero en el fondo comprendía que hay que llegar teniendo tino, que no es el camino, si no el caminar

Consiguió vencer, controlar sus deseos y los inducidos, esperando el momento en que la tormenta fuera natural, auqella tormenta que, como todas las anteriores, presentía que sería la última, la que le llevaría tan lejos que olvidaría todos aquellos puertos y lugares. La tormenta perfecta.

Hasta que llegó aquella noche, y en aquella noche aquel sueño. Soñó con circunflejos, soñó con una risa blanca. Soñó que Wanderlust desaparecía de su lado y dejaba a su lado una calma amarilla. Despertó relajado, y supo que a la noche siguiente partiría

Tras un día lleno de preparativos, llegó la noche. Y se fijó en la brisa que soplaba tras él. Una brisa tranquila, pausada con un aroma dulce pero fresco que le transmitía tranquilidad, paz.

Supo entonces que había llegado el momento, que aquella brisa sería más segura que aquellos vendavales. Hizó la vela que tanto tiempo llevaba recogida, aquella que serviría para recoger lo mejor posible una suave brisa. Izó su estandarte, el fenix que volaba bajo un cielo estrellado, y se hizo a la mar. Seguro y tranquilo, aunque preguntándose a donde le llevaría este viaje

Fijó su vista en las estrellas, como hacía siempre que se sentía desasoegado, vió esa estrella que derramaba una suave luz sobre sus hombros, y murmuró unas palabras que nadie escuchó, pero que fueron comprendidas.

 

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.